Acabo de borrar la primera línea de lo que había escrito. Resulta que se me había ocurrido la genial idea de comparar la casa donde viví el año pasado con la casa donde vivo este año. Sin embargo, unas cinco palabras escritas recordando lo que pensaba que sería nuestro primer “nidito” juntos han sido bastantes para darme cuenta de que no estoy preparada para hablar sobre eso todavía.
Aún recuerdo el primer día que me quedé a dormir en esta casa. ¡Cómo olvidarlo! Fue justo después del puente de los Santos, en noviembre. Llovía a cántaros y yo, para variar, venía cargada con bolsas y maletas, con abrigos en perchas, con una nevera que había preparado mi madre llena hasta los topes de tuppers. Por supuesto, mi madre, que suele tener razón el 99% de las veces, me dijo que me fuera cuando todavía había luz. De esta forma sería más fácil subir las cosas del coche y conseguir acostarme antes de altas horas de la madrugada. La cosa es que me dieron las ocho y para cuando llegué a mi nueva casa eran más de las nueve. Hacía una noche horrible de lluvia y frío. Mi nuevo pueblo me dio la bienvenida de una forma no muy agradable.
Es típico de mí negarme a usar paraguas si no llueve en el momento en el que salgo de casa. “Si no va a llover. ¿Para qué voy a ir cargando con el paraguas?” Cuando llegué aquí cargada de maletas pensé: “¿Y qué me hubiera costado a mí traerme el paraguas? Si traigo el coche lleno de bártulos.”
Obviamente, al salir de la casa de mi madre el peso de un mini paraguas plegable me parecía excesivo e innecesario. Llegué empapada, muerta de hambre y tremendamente cansada. Ni que decir tiene que la tristeza me invadía y las lágrimas me caían como a borbotones. ¿Qué l*’”* estaba yo haciendo sola en una casa cuando un par de meses antes tenía mi vida encauzada a casarme y formar una familia? Pues así es la vida…Y aún me quedaba la llamada de rigor de mi madre para regañarme por no coger el paraguas y decirme: “te dije que iba a llover, te lo dije.”
Resumiendo la historia, para cuando descargué todas las cosas del coche eran más de las diez y media. Ahora tendría que calentar algo para cenar, recoger lo que ensuciara, preparar las cosas para el día siguiente y quedarme dormida. Teniendo en cuenta que no quería estar en esta casa y que llevaba un par de meses sin poder dormir en condiciones, esta última era una ardua tarea.
Es cierto, me comporté como un zombi el primer mes. Y poco imaginaba yo sobre cómo de espantosas serían las navidades. Sin embargo, es normal, habían pasado sólo dos meses y él seguía sin dar ni señales de vida. ¿Cómo me quería, eh? Trágatelo como puedas.
Después de las navidades he vuelto a “mi casa” y la veo desde otra perspectiva. Indagando por las diferentes estancias me he encontrado una alianza de boda en un cajón y me parece increíble que alguien pueda dejar algo así en un piso de alquiler. ¿Soy la única que ve dicho objeto como algo único y especial? No sé, se ve que el mundo está cambiando.
Otra cosa que he descubierto a la vuelta de las vacaciones es que mi planta de romero está seca, más que seca diría yo, está petrificada. La trasplanté de una maceta de plástico a una de barro y me pasé un par de días recordando que tenía que comprar más tierra. Hasta que se me olvidó, claro está. Lógicamente las raíces se quedaron al descubierto y mi maceta de romero pasó a mejor vida. De todas formas he decidido dejarla en la entrada. Está seca pero adorna, no es fea del todo. Y como se dice por aquí:
Romero, que salga lo malo y entre lo bueno.
Mi casa tiene dos dormitorios. Hay un dormitorio con dos camas pequeñísimas y uno con una cama de matrimonio. Por algún motivo que desconozco desde el primer día decidí dormir en una de las mini camas y ahí sigo. Duermo medio encogida y en unos 90cm pero no me da por cambiarme a la otra habitación. Aparte de esto mi casa tiene dos baños, una habitación con un escritorio y forrada de armarios, una entradita, un salón, una cocina y un cuarto de la lavadora.
La casa es bonita pero creo que no seguiré aquí el próximo año. Me recuerda a mí cuando llegué, al dolor que traía, a las lágrimas que he derramado sobre la almohada de mi mini cama, a los platos de comida que no me he comido porque no me importaba comer o no. No sé qué pasará. Si me quedaré aquí o si me iré. Lo que está claro es que aquí es donde vivo ahora y debo esforzarme por ser positiva entre estas cuatro paredes, me guste más o menos esta casa.
Con suerte cuando vuelva de las vacaciones de semana santa estaré aún máqs cómoda y esta casa se irá llenando de luz a la vez que yo me vaya sintiendo mejor. Estoy segura.
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