Al principio me hacías muy feliz. Tenía plena confianza en mí misma y me sentía completa contigo. Yo te hacía feliz, tú me hacías feliz. Nunca necesitaba nada más y todo era perfecto. Teníamos la dosis perfecta de "nosotros", amigos y familia. Disfrutábamos del trabajo, de viajar y de soñar juntos.
Después llegó una época en la que, como yo ya tenía trabajo, los dos empezamos a volcarnos en el tuyo. Estabas muy agobiado y yo te ayudaba, por voluntad propia, en todo lo que podía; te revisaba los escritos para corregir errores gramaticales, te proponía cambios en la puntuación, iba contigo a conferencias, a recibir tus premios, tus ponencias, conocía a tus compañeros, amigos, tutores, profesores, graduaciones y lecturas de amigos, proyectos, etc. Poquito a poco tú subiste y yo bajé. Siempre estabas muy agobiado con el tiempo, con las fechas, con los plazos de entrega, con los viajes.
Después del verano de 2010 todo cambió. Fue de los mejores veranos de mi vida. A la vuelta tuve que cambiar de lugar de trabajo y tú no estabas conmigo, volverías pronto pero en ese intermedio yo me perdí. Mi situación familiar era caótica, una persona dependiente en casa es algo difícil de llevar. Te agota las energías porque todo lo que tengas para dar siempre es poco, estas personas dependen totalmente de ti y es muy duro. Cuando volviste yo ya estaba perdida.
Empezamos nuestra vida juntos y a mi familia llegó la enfermedad, a los pocos días, el ingreso de un familiar en el hospital y para mí las noches sin dormir, la intranquilidad, las horas en la carretera para hacer turnos en el hospital. Empezó mi pesadilla personal. Problemas y más problemas que parecían no tener fin. Problemas familiares que me abatían. Empezamos a distanciarnos, a discutir. Entiendo que tu trabajo era importante, y tu familia, y tus amigos, y tu vida. Pero yo te necesitaba y tú no estuviste ahí. Aún así no te culpo, imagino que hiciste lo que hiciste lo mejor que pudiste.
Durante un tiempo hicimos la rutina sin prestarnos demasiada atención. Yo no hacía más que llorar y jamás olvidaré cuando te dije que necesitaba que me abrazaras, que me dieras un beso de vez en cuando y tu respuesta fue "también puedes dármelo tú"
Cuando retomamos la conversación de nuestra boda y me dijiste que no tenías tiempo por el trabajo y me dejaste llorando y te fuiste. Nunca me perdonaré a mí misma haber soportado y aguantado todo aquello, porque no me lo merezco y no merezco que nadie me trate así. Aunque te quisiera. Tú no eras más importante que yo. Me decías que no tenía amigas, que era una persona que no contaba nada y me tragaba los problemas sola... con el infierno que estaba pasando.
Aún así fui tan estúpida que te supliqué que volvieras, como si yo fuera un despojo, como si yo no valiera nada sin ti. Qué equivocada estuve! Cómo me infravaloré! Nunca me lo perdonaré. Porque me quité la salud durante meses, le hice daño a los que me querían cuando me veían llorar por ti.
A las pocas semanas después de que te dueras empecé a hacer nuevos amigos, a salir, a comprobar que no era todo eso que tú me decías. Empecé a disfrutar de mi trabajo, a no sentir la presión de comportarme de tal o cual manera para complacerte.
Siento que he mejorado mucho. He mejorado en aspectos personales como en la relación con las personas que están a mi alrededor. No sufro tanto y me valoro. Soy más solidaria. La gente que está a mi alrededor me demuestra cada día que soy importante para ellos, que me quieren. Sé que valgo mucho. Ya no hay esa presión. No tengo que complacer a nadie, solo tengo que ser feliz.
Eso es lo que he perdido desde que te fuiste con aires de grandeza diciéndome que era mala persona y que estaba sola sin amigas y sin nadie. He perdido el miedo, la presión, la amargura, he perdido la costumbre de suplicar, de pedir las cosas con miedo y de hablar para complacerte a ti en vez de a mí misma. Recuerdo cuando me dijiste que yo había aceptado lo que tú querías hacer con tu vida cuando empezamos juntos. No sabía que había condiciones. En el amor no hay de eso, espero que tú lo hayas aprendido.
Aún así NO te odio. Tenías que pasar por mi vida para que yo creciera como persona y me valorara más. Tuviste que llegar, hacer que te quisiera y perdiera todo lo demás para volver a encontrarlo todo. Tuve que perder lo que nunca estuvo ahí para encontrar cosas nuevas. Ahora estoy sola pero no tengo miedo a decir o a hacer tal o cual cosa, o a no hacerla o a decirla. Puedo estar tumbada en el sofá o dormir la siesta sin que me digan nada. Puedo viajar o pasar el día trabajando o cenar a mis horas o ir o no al gimnasio. Puedo tener mis propias opiniones sin que me juzgues o me pongas cara rara o me digas "eso es lo que hay y nadie te obliga". Puedo hacer lo que me apetezca porque ya no estás tú. Y aunque me dolió mucho, un año después pienso que tal y como se pusieron las cosas, fue lo mejor.
Quiero volver a ser yo y lo conseguiré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario